Soy gilipollas

Yo soy la gilipollas del mundo editorial. Lo sé. Pero no es culpa mía, es culpa del mundo. Eso también lo sé.
Vengo aquí a explicar cómo funciona una editorial (y una editora) rara.

Hace unos meses encontré un material que creía que por cortesía con respecto a uno de los autores implicados, debía ofrecer a otra editorial. Creía (y creo) que debían ser ellos quienes publicaran dicho material. Tardaron meses en entender que se les ofrecía gratuitamente, sin trampa ni cartón, que era algo necesario que saliera y que ellos tenían la reputación, los medios y la experiencia para que el libro llegara a un mayor número de lectores que si lo publicaba ContraEscritura. Sí, tardaron meses en entenderlo pero tras muchos mails y una reunión lo comprendieron y saldrá.
Durante esos meses, hablando sobre ello con personas del gremio: mi impresor, libreros, lectores,… todos coincidían en que era gilipollas y que todas las editoriales necesitan un “pelotazo” no sólo que les permita respirar mejor sino que les dé un “yo qué sé”, un pedigrí, un “estamos aquí”. Yo siempre contestaba lo mismo: si lo rechazan, lo haré pero primero tienen que tomar ellos una decisión. No tendré pelotazo pero sé que cuando ese libro salga y lo vea en las librerías, cuando sea referenciado en prensa, cuando los lectores lo abracen, habré hecho lo que debía.

También soy gilipollas por culpa de Núria Otero. Seguro que no le importa que mencione su nombre porque desde que entramos en contacto la sinceridad siempre ha sido baluarte de nuestra relación, hasta hoy lamentablemente sólo virtual. Núria me envió un mail para ofrecerme el manuscrito de un poemario. Lo leí de un tirón, luego otra vez y luego otra. Leía sus versos, sus palabras y veía los míos, los que he publicado y los que no sé si volveré a publicar jamás. Le contesté a Núria que no podía coger la distancia necesaria para editar unas letras que leía tan mías, que no me parecía honesto y que no me sentía capaz de hacerlo con la profesionalidad requerida. Le recomendé varias editoriales que creía que podían hacerse cargo de su trabajo.
Ayer me envió un correo para decirme que ha firmado su publicación con una de ellas y que quería regalarme uno de sus ejemplares de cortesía en agradecimiento, cosa que, lógicamente, acabo de rehusar. Cuando salga, lo compraré porque tuve el privilegio de leerlo antes que muchos y de facilitar que un buen editor de poesía se hiciera cargo de ello.

Soy gilipollas, sin duda, porque me dejé engañar por en editor muy progre y muy guay que no fue del todo, o casi nada, sincero conmigo. Me da igual. Lo he olvidado porque creo que hicimos un trabajo excelente y, sí, mejor.

Efectivamente, yo soy la gilipollas del mundo editorial. Pero, insisto, no es culpa mía, es culpa del resto. Yo no he venido a esto en busca de un “pelotazo”, a dejar de ser obrera (mis abuelos labraban la tierra y yo planto semillas en mentes fecundas) o a que me den un premio, he venido a cambiar el mundo. Las revoluciones suelen ser explosivas y por eso suelen fracasar o degenerar en cosas peores a las que combatían. Mi camino es lento, lentísimo, porque creo que hay que estar muy preparado para sujetar la rabia cuando es debido y gritar cuando es necesario, es imprescindible el tiempo para que todos estemos preparados y tengamos claro hacia dónde queremos que gire el planeta.

Mar, 31, 2017

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