¿Qué habría hecho Nico Rost? ¿Y Ernst Toller? ¿Romand Rolland? ¿Marcelle Capy?

No voy a analizar en detalle ni en general absolutamente nada, NADA, de lo que ha pasado en Cataluña y su relación con el gobierno central (que no Madrid, que es una ciudad con ciudadanos) los últimos 300 años, los últimos 40 años, los últimos diez años, los últimos cuatro años, los últimos dos años, el último mes ni antes de ayer. Es tarde para todo eso. Además ya es un relato y todos tendrán sus versiones, matices, culpables, traidores y sombras y no he venido aquí a señalar a nadie porque exactamente por lo mismo podrían señalarme a mí.

Lo que sí me he preguntado desde hace mucho tiempo, probablemente desde que viví el desalojo de Plaça Catalunya en 2011 es ¿qué habrían hecho entonces? En aquel momento ContraEscritura no existía así que era una pregunta que simplemente me hacía virando la cabeza hacia La Rambla o lo que fue el Hotel Colón para vislumbrar al PSUC y al POUM largándose a tiros de lado a lado de la calle, unos con la cabeza en la URSS y otros en el Ebro.

En aquellas largas, larguísimas horas. En esas horas en que de repente aparecía gente repartiendo agua y manzanas yo viví algo que jamás creí que haría. Viví la revolución de unas horas, lo que alcanzan a durar la mayoría, en que un grupo diversísimo de ciudadanos decían “no”. Aquel día eran los nuestros los que nos pegaron de hostias. Los Mossos con sus siempre impecables uniformes azules. Cada vez que les veo me pregunto si es fácil o no limpiar la sangre de una porra.

2011 quizá no sirviera para nada. Tampoco he venido aquí a analizar eso. Ya han corrido ríos de tinta e insultos virtuales por doquier para esclarecer si aquello fue algo durante unos segundos o fue lo que nos quisimos contar. Hoy, a esta hora, da igual.

Ahora es cuando me voy a Alsasua y un día de fiesta unos Guardias Civiles fuera de servicio se lían a bofetadas con unos chavales. Cárcel, cárcel para los chavales, toneladas de cárcel. A pesar de que en el resto del Estado sucesos similares se hayan saldado con poco más que un apretón de manos. Pero ¡AJÁ! Ibiza no es Alsasua, Berriozar ni Rentería, esos son sitios donde ha habido muchas sombras y donde miles, cientos de miles de ciudadanos han soportado durante años un nivel de injusticia insoportable. Pero ¡AJÁ! ahí había una guerra, o lo parecía, había dos bandos (sólo dos bandos, claaaaro) y el resto de los ciudadanos del país parecíamos tener claro los que hacían el bien y los que hacían el mal. Efectivamente, este es un jardín en que tampoco voy a entrar porque al final nadie tendría razón aunque yo siempre he pensado que podríamos llegar a un acuerdo de mínimos. Acuerdo, por cierto, que el gobierno estatal lleva años eludiendo de la manera más irresponsable. Es un caso único en el mundo. Una banda terrorista se rinde y el gobierno les dice que así no ¡AJÁ!

El caso es que un día, hace dos días concretamente, la Guardia Civil se plantó en medio de Barcelona. Pudieron hacerlo frente a Conselleries, en Canaletas o en el antiguo Hotel Colón, el resultado hubiera sido el mismo. La Guardia Civil en Barcelona es una aberración. Lo es en el imaginario colectivo de la ciudad. En Cataluña hay Guardia Civil, claro, pero nadie la ve ni la quiere ver. Cataluña y País Vasco son las dos únicas comunidades autónomas en que la Guardia Civil no tiene, por ejemplo, las competencias de regulación de tráfico en carreteras ni interurbano. Sus uniformes verdes crispan, sus tricornios crispan, su escudo crispa. La Guardia Civil, queramos aceptarlo o no, es un cuerpo de seguridad militar que hace como mínimo cuarenta años que debiera haberse abolido. Porque la Guardia Civil se concibió como una especie de SS o, si prefieren no ir siempre a los mismos referentes, como una especie de guardia pretoriana y hasta donde sabemos, las democracias sanas no necesitan de guardaespaldas.

La Constitución, en su artículo 104, fija a la Guardia Civil «la misión primordial de proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades de los españoles y garantizar la seguridad ciudadana, bajo la dependencia del Gobierno de la Nación». ¡AJÁ! entonces, anteayer la Guardia Civil, o, mejor dicho “los chicos  del Gobierno de la Nación” se plantaron en medio de Barcelona para dejar claro que Cataluña no es una Nación (otro de esos puntos primeros del conflicto en su etapa temprana. ¡Qué feo eso de cargarte un Estatut cuando ya lo han votado sus ciudadanos, Rajoy! Esa patinada se preveía histórica y, por lo menos aquí, lo sabíamos. Si en ese momento no hubieras tenido tanto miedo a que Aguirre te quitara del sillón, igual te lo podrías haber ahorrado). Vinieron para decirnos que aunque no éramos una Nación formábamos parte de otra un poco así como “por sus cojones” y que por tanto debían venir a defender nuestros derechos, libertades y seguridad. Los y las de todos, eh: los que se sienten catalanistas, internacionalistas, xarnegos, los que no quieren elegir, los de derechas, los que nos han robado envueltos en la senyera (que no, de verdad, que los catalanes idiotas del todo no somos y sabemos que nos han robado los nuestros igual que nos han pegado los nuestros), pobres, inmigrantes, todos, éramos españoles “por sus cojones”. La gente, claro, hizo lo único que sabemos hacer en Barcelona que es tirarse a la calle y decir “no”. Lo vi cuando asesinaron a Ernest Lluch al lado de mi casa, cuando pedimos a Aznar que saliera de la foto, el 15 de marzo de 2004 desde las 9 de la mañana hasta muy entrada la tarde. Los estudiantes, por lo menos, éramos incapaces de irnos a casa sin llegar a comprender cómo nos dolía tanto. Lloré de nuevo cuando de noche, tras el desalojo de Plaça Catalunya, encendí la televisión y la gente de Madrid gritaba en Puerta del Sol “Barcelona no estás sola”. Aquel 2011 mi relación con Madrid cambiaría para siempre y lloré porque fue un día duro, durísimo. Fui sola y sola volví. Me ardían los hombros quemados por un día entero de sentada y callejeo. Entendí de manera absolutamente cristalina cuál era mi bando en la toma del Parlament. Un hombre de cierta edad pegó su rostro al casco de un Mosso y gritó: “No me queda nada, ni miedo”. Así me sentía yo mientras Mas bajaba del helicóptero para salvarse de sus ciudadanos. Si la pelea que se produjo días después entre Mossos y Bomberos se hubiera extendido yo sabía que hasta provocado por el accidente más tonto podía no volver a casa. No tenía nada, ni miedo. Esos días algunos pensamos que si prendían Gràcia, Sants y Poble Sec la ciudad se volvería un caos. No llegó a suceder. El pasado agosto mi llanto se hizo grito en pleno minuto de silencio en la Plaza del Ayuntamiento de Pamplona por el atentado de Barcelona. Katixa y Ana me sostuvieron. Debí joderles la toma a los de televisión con esos políticos tan bien cuadrados frente al edificio. Una señora me miraba de reojo y empezó a llorar porque yo lo hacía. Noté cómo le dolía mi dolor.

A Barcelona le quedan muy pocas calles con adoquines. Esto no es una casualidad como no son un capricho arquitectónico las fuentes de Trafalgar Square. A Barcelona siempre le sopla un aire ácrata por mucho burgués que nos robe o por mucha clase media-guay que crean haber creado las postolimpiadas. Salgan de las vías principales y encontrarán una ciudad que sigue clamando justicia social, aunque algunos hayan puesto el acelerador en otros puntos de sus programas electorales.

¿Y por qué escribo yo esta sarta de obviedades? Pues para permitirme una más. La primera es que el derecho a decidir y el derecho a la autoderminación no son lo mismo y que todos los españoles deberían estar a favor del derecho a decidir porque es un derecho, como lo fue el divorcio, el aborto, el voto universal, el femenino, que necesitamos más que nunca. Es un derecho que necesitamos para limitar la representatividad ineficiente en pro de mayores cuotas de democracia directa. Ay, mis políticos, les salió fatal eso de mandar a los hijos de los obreros a la universidad para contener cifras de desempleo y tener mano de obra barata porque aunque lo consiguieron quedamos algunos que sabemos perfectamente de dónde venimos y a dónde queremos llegar.

Mi postura en estos años fue la de miles: queremos referéndum y que salga lo que tenga que salir porque muchos sabíamos o creíamos saber que ganaría el “no”. Porque éramos miles llorando por Madrid y Ernest Lluch. Porque a mí lo que me duele es la injusticia, sufra quien la sufra y lo que intento evitar es el fascismo, germine donde germine.

Y llegados a este punto creo que ya sé la respuesta a mi pregunta inicial. Gritar, luchar, seguir, permanecer. Aunque no esté del todo de acuerdo en cómo se está haciendo, aunque no quiera separarme de nada o sí o lo que sea. Tenemos la opción, como tantos hombres y mujeres de la Historia, de seguir con nuestras vidas o empezar a cambiarlo todo. Tenemos la opción de acabar formando parte de la Historia, fallida o no, del intento de cambio o permanecer impávidos cuando no soltando la burrada de turno en la red social que más nos satisfaga el ego.

Creo que Nico Rost diría “me niego” y jamás usaría la cultura y la lengua como arma política, Ernst Toller rompería las suelas de sus zapatos y sus cuerdas vocales para evitar la tempestad: en Baviera, en España y en el mundo, Romain Rolland fundiría la medalla de su Nobel para llamar a la huelga general indefinida y crear un comité de ayuda entre obreros para que recordaran quiénes son los verdaderos bandos del conflicto, Marcelle Capy haría comprender a las mujeres que la mayor parte de las revoluciones que finalmente triunfaron las iniciaron precisamente ellas bien porque sus hijos pasaban hambre bien porque se enviaba a sus hombres a una muerte absurda.

No confío en la gente con corbata ni en la que viste camisetas con proclamas. No confío porque no me gustan ni los disfraces ni los uniformes. Confío en que alguien entienda qué es lo verdaderamente importante de todo esto: la oportunidad.

Sep, 22, 2017

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