Mi amigo falangista y yo

Sí, soy amiga de un falangista. No de los de ahora sino de los que tenían el carné firmado por el mismísimo fundador del movimiento (más tarde lo perdió y, aunque le pesa, tiene otro del montón).

Ahora es cuando las personas que habitualmente compran los libros de esta editorial o me conocen de alguna manera os estaréis preguntando cómo es posible que tenga un amigo falangista. Ciertamente, igual es muy generoso llamarlo amigo pero creo que lo es, aunque remoto. Pero mejor empiezo por el principio.

Mi pasión por la Historia empezó con 11 años y la Guerra Civil española, ¡qué típico! Cuando cumplí 18 años pedí como regalo a mis padres que me llevaran a Belchite. Y cumplieron. Entonces las visitas no eran guiadas y me sentí libre para meterme en casas que bien podrían haberse derrumbado sobre mí junto a la cámara analógica que llevaba. Un par de años más tarde, tantas veces después (a todo el mundo le quería enseñar aquello y explicarle cosas como que había dos bandas de música -una de izquierdas y otra de derechas- que se turnaban para tocar en la sala de fiestas del pueblo y cosas y más cosas de las que me iba enterando) volví con mi hermana, su pareja y mi nueva cámara digital. La visita ya era guiada pero mi hermana me protegió de todo y le comenté a la guía que estaba en situación de moverme sola por allí. Quería hacer las fotos de nuevo pero en píxeles. Todos el mundo se hizo el tonto. Gracias a todo el material, la universidad me ofreció hacer en sus instalaciones mi primera exposición. La siguiente no llegaría hasta el último suspiro de la carrera. Fui comprando una cámara mejor y luego otra mejor conforme mi profesión avanzaba, me inculqué la tradición de estrenar allí todas mis cámaras de fotografía. Con la penúltima sucedió algo que no me cuesta reconocer porque me pudo la emoción del regreso: al aparcar el coche y preparar el equipo vi que me había olvidado las baterías a más de dos horas y media de coche de mi casa. Me dio igual. Entré casi de noche e hice algunas fotografías con el móvil. Medí muy bien el silencio. Tuve tiempo para acordarme de Gernika.

Años después me fui a vivir a la provincia de Tarragona y ahí, ya con mi Astra del 94, podía hacer todo lo que me propusiera. Y una de las cosas que me propuse fue ver y sentir los espacios en que se desarrolló la Batalla del Ebro, la que había que ganar y se perdió porque Negrín quería a los Internacionales fuera y Azaña soñaba con una paz pactada. Se perdió por muchas motivos pero si los máximos responsables no creen, las cosas nunca salen, por mucho empeño que le pongan los que siguen creyendo. Visité varias veces Corbella y Gandesa, pasaba horas en las trincheras y los diferentes centros de interpretación. Me faltaba el más lejano: Fayón.

En agosto de 2016 alcancé Fayón en pleno mediodía con un sol insoportable acompañado de un querido amigo historiador, empezamos a inspeccionar cada pieza, cada nombre, sonaba repetitivamente “si me quieres escribir… ya sabes mi paradero… primera linea de fuego…”. Llegué a una pieza que jamás había visto más que en escala: uno de los tanques nazis. Apreté muchos los dientes pero no lo logré. Salí corriendo del museo. Me alcanzó la voz para decirle a Miguel, el taquillero y mucho más, que me disculpara, que necesitaba un momento y volvería a entrar.

Salí al abrasador sol y caí sentada, rendida. Empecé a llorar como una niña pequeña. Salió mi amigo y sólo podía repetir: ¿cómo se lucha contra eso? ¿cómo se lucha contra eso? ¿cómo? Sabía la respuesta: contra eso no se gana pero sólo podía llorar. Pedí a mi amigo que me dejara sola.

Al poco salió un hombre muy mayor: Germán. Me preguntó qué me ocurría, le contesté sin dar muchos datos, ya te dicen los padres que no hables con desconocidos. Pero, de una manera u otra, siempre acabo haciéndolo y prácticamente siempre he conocido personas e historias que guardo en la memoria y algunas libretas. Ante mi desolación, fue Germán quien habló. Era falangista, un hombre con 100 años y dos meses repleto de cicatrices. Estuvo a las órdenes de Millán Astray quien al bajito de Germán (que tras una batalla dentro de la batalla, se escurrió en plena noche para robar un vehículo del Ejército popular y llevar hasta la posición a los compañeros heridos) dejó suspendido con una mano estranguladora y le dijo: “no te fusilo porque has salvado a algún compañero”. Me contó con lágrimas en los ojos su entrada en Teruel “cuchillo en boca, toda la calle era sangre, no me reconozco y sigo teniendo pesadillas”. El tiempo pasó, fue recompensado por sus servicios. Apareció Miguel: “Venga, Germán, que ya sabemos que te gusta mucho estar cara al sol pero entra para adentro”. Todos nos reímos. Pidió permiso a mi compañero para darme un abrazo. Le prometí volver.

Cada último sábado de julio en Fayón se reúnen más de 300 voluntarios (algunos venidos de países extranjeros, casi todos nietos de aquellos que aún creían). Y yo tenía una promesa pendiente así que regresé para ver a Germán. Todos los voluntarios llegan temprano, los vehículos suelen bajarlos al río los días anteriores. Hay mucho barullo y curiosos. Cuando va a empezar la reproducción de la Batalla del Ebro, bajan a Germán en una BMW de la época. Va en el sidecar. Todos se arremolinan para saludarle, hacerse fotos o darle unas palmaditas en la espalda. Cuando el año pasado bajó Germán, yo ya había recibido una bronca por llevar puesta una banana de la CNT-FAI:

-No puedes llevar eso. En el 38,…

-Lo sé, pero aún no ha empezado la guerra.

Me recosté sobre la tierra a esperar. Se hizo un claro, Germán me vio, sonrió y me hizo un gesto para que me acercara. ¿Quién no hace caso a un falangista? Ya a su lado, me cogió fuerte la mano y le dije al oído: 101 y dos meses, eh. Él respondió que estaría ahí hasta que la vida le dejara. “Hay que repetirlo cada año para que no se vuelva a repetir”. La paradoja.

Volvimos a hablar mucho, muchísimo. Se arrepentía de tanto. Intenté consolarlo diciendo “la época” “tus amigos” “había que elegir” “Zaragoza era difícil” aunque sé que no lo conseguí. Igual que no me hubiera consolado explicarle la historia de mi abuela, de mi tío abuelo, de dos de mis bisabuelos a los que otros gallos les cantó. No estábamos allí para eso. Apretaba mucho el sol y su boina falangista estaba cogida en el hombro de ese uniforme tan azul. Yo, con mi boina cenetista, la cogí y se la coloqué. No sé cuántos móviles aparecieron en ese momento pero al reincorporarme supe que muchos.

Los capitanes fueron a reconocer el terreno, los brigadistas estaban situados, los soldados charlaban de sus armamentos y uniformes. Se lo compran todo ellos. Nadie olvida, en realidad. Tras el paso del río, la batalla de trincheras. Da igual los documentales que hayas visto, los libros leídos, las miles de imágenes, todo da igual cuando sólo hay humo, se oyen fusiles, gritos, algún herido (real, porque no se ve nada), tras nosotros sólo los sanitarios con los medios de la época. Aun sabiendo que no vas a morir, estás ahí en medio y todo bulle. Era una de las pocas personas con permiso para fotografiar de manera camuflada el evento desde dentro. Valoré entonces muchas de las imágenes que había visto y estudiado.

Parada para comer. Volví a mi boina roja y negra. La única con boina roja y negra entre más de 300 voluntarios. Con el rancho asegurado miré a mi alrededor, unas mesas más allá había un grupo de neonazis con sus uniformes nacionales. Tenían su mirada clavada en mí. Los tatuajes, tapados en la batalla, relucían ahora sus símbolos. Supe, porque fue más que una sensación, que de encontrarnos solos en una vieja trinchera me hubieran asesinado. Nadie olvida, en realidad.

Hoy es el último sábado de julio y a esta hora los F18 que simulaban los bombardeos a la tarde ya no surcan el cielo. Se cumple el 80 aniversario de los hechos. No he querido comprobar si Germán Visu Dies está hoy allí con sus 102 y dos meses pero sí he leído que han estado presentes dos veteranos, uno de cada bando. Me hubiera gustado preguntarles, olvidando todo lo aprendido, si existe la posibilidad de no olvidar la realidad.

Jul, 28, 2018

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