Medalla de plata

Vaya por delante que no tengo nada personal en contra de Cervantes, Lope de Vega,… y toda la estirpe del Barroco literario español. PERO esta mañana he cogido de mi biblioteca el siguiente libro que compré en 2001 para llevar a cabo un trabajo sobre La condición social de la mujer en la Segunda República y el teatro de Lorca. Sí, tenía dieciséis años y ya veía que había un problema entre la velocidad legislativa y la velocidad social (esto siempre es peligroso tanto cuando la sociedad corre más que los legisladores como a la inversa). Poco tenían que ver las mujeres de Bodas de sangre, Yerma o La casa Bernarda Alba con Nelken o Campoamor. Nada, no tenían nada que ver. Y, sin embargo, coexistían en un país polvorín.

Bien, sucede que al coger el libro he encontrado dentro la faja (hoy no ocurriría, hace años que las tiro en cuanto llego a casa e incluso puedo no comprar un libro por su faja o por el mero hecho de llevarla). Imagino que en 2001 la guardé para usarla de marcapáginas. Hoy me he reencontrado con ella y me he enfadado un poco. Porque no tengo nada personal en contra de Cervantes, Lope de Vega, Baltasar Gracián y todo su Siglo de Oro PERO sí contra el hecho de que mujeres como Zambrano merezcan la medalla de plata. ¿Por qué? La primera razón es obvia pero la segunda lo es menos. Brillar en un siglo a caballo entre el XVI y el XVII tampoco suena complicado. La tasa de analfabetos en España (pese que no hay estudios concluyentes hasta 1900) rondaba por entonces el 80% y la transmisión de las obras era prácticamente oral, por tanto, distorsionada y muchas veces elitista. Ninguna imagina a una estambrera o desmontadora (por entonces oficio exclusivamente femenino) llegando a casa a la espera de que su marido o padre le recitara algún poemilla de Lope ¿o sí?

La Iglesia católica, que podía haber sido la agencia fundamental de alfabetización en los siglos XVI al XVIII, no tuvo competencia proselitista alguna –de ahí que no tuviera que esforzarse y recurrir a acciones alfabetizadoras que sí llevó a cabo allí donde no gozaba de un predominio excluyente– y, en cuanto a la función adoctrinadora, se apoyó más en la oralidad y el mundo de la imagen que en el de la escritura. Es más, al prohibirse la lectura de la Biblia en lengua vulgar desde el siglo XVI hasta finales del XVIII y mostrarse reticente, por razones morales, a la alfabetización femenina, constituyó, comparativamente, un freno a la alfabetización.

Pasan los años, los siglos, el Estado empieza a preocuparse de que la gente sepa leer y escribir y ¡BOOM! las mujeres empiezan a existir, a hablar, a escribir ¿seguro? No del todo. Porque escritoras, filósofas, y pensadoras como Emilia Pardo Bazán, Mary Shelley, Madame de Staël, Concepción Arenal o Malwida von Meysenburg debían pensar flojito y aguardar cada noche su poemilla de Lope de antes de dormir. Luego llegarían Maruja Mallo, María Zambrano, Rosa Chacel, Marcelle Capy… Y para ellas la medalla de plata. Porque escribir cuando la mitad de la población ya sabía hacerlo debe tener poco mérito, porque es mejor guardar el oro a una época que todos, queramos o no, recordaremos por las disputas entre dos poetas que hablaban sobre las longitudes de sus narices (si no de otros miembros), una época definida por el desengaño, el pesismismo, la preocupación por el paso del tiempo y la pérdida de confianza. El oro para unos hombres que no tenían quien les leyera y que se encontraban en la depresión de los cincuenta sin Ferrari que comprarse. La plata para mujeres que pensaron, construyeron, criticaron, crearon.

Es sólo una etiqueta, una categoría, una manera de tener el mundo y el pensamiento ordenado. Lo es, claro. PERO desde esta mañana, en mi cabeza, ya no porque he quemado la última faja estúpida y ultrajante de la historia de mi biblioteca.