El 17 de junio de 2017 Lorca escribió un poema

La primera vez que estuve en Nakama inspeccioné la librería y me enamoré de una lámpara libro faro. Ahí estaba, mi playa en Madrid. Sin embargo, no dije nada. Hice una foto o dos y me fui.

Cuando Rafa y Miren vieron esa foto en el Instagram de ContraEscritura me enviaron un privado del tipo “¿¡Cómo puedes haber venido y no habernos dicho quién eras!?” Fue una mezcla de vergüenza y prisa pero volvería porque entonces yo iba cada poco a Madrid.

La segunda vez que estuve en Nakama pasé más de una hora hablando con sus libreros. Recuerdo que llegó el comercial encorbatado de una distribuidora y Rafa le indicó que no podía atenderle, que estaba hablando conmigo. En aquel momento supe que estaba en uno de esos lugares en que las personas y los abrazos son más importantes que todo lo demás. Aun así, yo me senté en el sillón amarillo y dejé que aquel tipo hiciera su trabajo porque yo no tenía prisa. Creo que desde que empecé a hacer libros casi nunca tengo prisa. No nos hicimos ninguna foto. En el AVE de regreso tuiteé: “Ojalá siempre te lo pases tan bien como para olvidar hacer fotos”.
Desde entonces, he pasado muchas veces por Nakama. Allí se enfrentaron Rafa y Salva en un cara a propósito del primer aniversario de Ensayos del dolor propio y entre ellos nació algo que creo que jamás se desvanecerá. Luego hemos llevado a Nico Rost, a Toller, o lo que es lo mismo, a Núria Molines y a Ronald Brouwer. Siempre han estado los contrasocios madrileños allí: Jose, Alberto, Lidia, Vicente,… y personas que nos conocían o conocían a Rafa y a Miren, esas personas que siempre me hacen hueco en la agenda aunque el tiempo con el que avise sea ínfimo. Hemos cenado, hablado, confesado,… he estado en su casa. Venden los libros que hago pero aunque no lo hiciera, sé que seguirían en mi vida.

Un día, no sé muy bien el porqué, decidí que estos dos últimos años había conseguido cosas increíbles. Hacer libros. Hacer libros sin dinero. Hacer libros sin dinero y sin tener que pedirle un crédito a un banco. Junto a Núria, arañar las paredes de la Historia para arrancarle hasta la última astilla al olvido. Gracias, Núria.

Dos años igual no son mucho tiempo. Aunque si ContraEscritura fuera una persona habría tenido tiempo para nacer, respirar, gatear, le habrían empezado a salir los dientes, a tropezar y a caminar. O eso creo porque no sé nada de niños.

En cualquier caso, necesitaba agradecer y agradecerme el esfuerzo de dos años de éxitos, fracasos, encontronazos, rupturas, decisiones, saltos al vacío y economía de la imaginación. Dos años igual sí son mucho tiempo.

Un día llamé a Nakama para preguntar si el día 17 estaba libre en el calendario para una fiesta. Nada de presentar, nada de vender, sólo festejar. La respuesta fue, cito, “sí a todo”. Mi playa en Madrid.
Desde marzo preparé el photocall mientras se calentaba mi comida, cada día un poco. Si tenía que ir a comprar grapas, aprovechaba y me hacía con vasos, platos y algún globo. Así hasta el 17 de junio. Aquel día desembarqué en Nakama por la mañana tras un viaje infernal en coche desde Valencia, una presentación el día anterior y una reunión de trabajo a las 10 a la que llegué tarde porque la calle Hortaleza siempre es una trampa para coches. Desembarqué cargada de cosas que hasta ese momento sólo eran bolsas y cajas que abarrotaban mi cueva de trabajo pero que en mi cabeza tenían sentido. Abrazar a Rafa y a Miren ya era oler a fiesta.

Quedamos a las seis para prepararlo todo. Al llegar estaban allí Katixa, que había cerrado su librería Deborah Libros en Pamplona por mí y que encima me había regalado la camiseta más molona del planeta, Núria, Dani, Maje y Raúl. Intenté explicar cómo imaginaba todas esas cosas que había estado preparando en ese espacio pero al final ellos lo hicieron mejor. Rafa corría de un lado para otro con botellas y nos nombró encargados de que siempre hubiera bebida fresca e ir rulándola entre los invitados. Reconozco que es algo que no hice en toda la fiesta. Mis disculpas.

A las siete y pico me fui a una peluquería cercana porque sigo sin saber peinarme y quería evitarme el calor en la nuca. Cuando regresé, había mucha más gente en la librería. Y cada vez más. Y más. El calor anunciaba que iba a ser insoportable que tanta gente estuviera dentro de la librería así que invadimos parte de la calle Pelayo.
No bebí ni una gota de alcohol pero soy incapaz de recordar muchas de las cosas que me pasaron, por no hablar de las que evidentemente no viví porque las estaban viviendo otros a escasos metros de mí.

Pude ver a Javi, que estaba enfermo y vino, a libreros-soldado de Pynchon&Co, Katakrak, La Vorágine, Libros de Arena. Pude ver a Ana que salió volando para llegar, a Bea que literalmente llegó volando, a una tribu de traductoras que quisiera abrazar, a autores, traductores y mi calígrafo particular que no estaban allí por obligación de cena de empresa sino porque querían. Incluso Vicente con María y el pequeñísimo Pau que ya tiene su chapa “me niego”.

Pude ver a mi familia al completo: mama, papa, Mireia y Xavi, ¡GRACIAS! Han sido (dejando ContraEscritura a un lado) dos años difíciles para todos y vinisteis. Sois mucho más que todos los buenos consejos que me ofrecéis.Y ahí estuvo papá-becario para recibir el reconocimiento que merecía.

Olvido gente, olvido conversaciones, olvido momentos pero me inunda la esencia. Recuerdo que un montón de personas: socios, libreras, lectores, desconocidos que ya no tanto, mi chica rapada y tantos y tantos estaban ahí, venidos de cerca y de lejos, disfrutando de la existencia. Hablaban unos con otros como si se conocieran de siempre o no, a saber de qué hablaban. Vi abrazos. Un grandísimo puñado de personas que apenas recordaron que en sus bolsillos tenían móviles con los que hacer fotos. Los olvidaron. Por eso casi no hay fotos de esa fiesta ¡qué raros somos!

La mayor parte de ellas son del momento en que Bea habló (o, mejor dicho, leyó para evitarse el llanto de emoción que yo sé que le recorría la garganta).Yo no lo logré.

Otras tantas, por supuesto, son de Miren y yo desinflando nuestros pies en agua helada. Estoy segura de que Lorca estaba escribiendo un poema en aquel preciso instante. Un poema de noche que tarda en llegar y estrellas solitarias que se dan luz unas a otras, de risas en los adoquines.

Me disculpé ante los nakameros por las pérdidas económicas que debió causarles una tarde de sábado con la librería invadida. No me las aceptaron y entiendo por qué. Porque no somos esa clase de gente, somos distintos, imanes de resistencia ¡Y MENOS MAL!

 

Lo repetiré una vez más. ContraEscritura no se explica, se vive. Hasta el próximo verso.

Jul, 05, 2017

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