75 años de la liberación de Dachau

El 30 de abril de 1945, entre las 15:30 y las 15:45, Hitler se suicidó en una pequeña sala de estar de su búnker. Para la cremación del dictador, su conductor Erich Kempka logró requisar 200 litros de gasolina. Poco antes, sólo Magda Goebbels se atreve a pedirle al Führer, pese a su extremo fanatismo, que descarte su plan. Está preocupada por el futuro de sus seis hijos aunque ya ha decidido que ella y su marido los asesinarán justo antes de quitarse la vida.

Restos de los cuerpos del matrimonio Goebbels y uno de sus hijos.

Ese mismo día, a 576 kilómetros de allí, el grueso de las tropas americanas abrían las puertas del campo de concentración de Dachau. Antes de alcanzar los barracones, descubrían los vagones de los trenes olvidados en la vía férrea cercana. Están repletos de judíos muertos. Sólo existe un motivo por el que esos trenes fueron abandonados: no había locomotoras disponibles para trasladarlos a un lugar en que pudieran ser borrados de la faz de la tierra.

Soldados americanos obligan a miembros de las Juventudes hitlerianas a observar uno de los trenes de la muerte de Dachau.

El 14 de abril de 1945 los comandantes de Dachau y Flossenbürg recibieron el siguiente mensaje:

La rendición está fuera de toda consideración. Se ha de evacuar el Lager de inmediato. Ningún prisionero puede caer vivo en manos del enemigo.
Los prisioneros se han comportado de manera cruel con la población civil en Buchenwald.

La orden, firmada por Heinrich Himmler, fue ignorada pese a que desde hacía meses, a raíz de la liberación en enero de Auschwitz-Birkenau, ya estaban trazados varios planes para aniquilar a los presos y destruir los campos. En ningún caso llegó a ponerse en práctica. Ningún guarda, jefe o comandante parece dispuesto a soportar lo ocurrido de manera individual. En Dachau sólo los guardias de una de las torres se mantienen en su lugar. Los demás han abandonado las armas y permanecen junto a una bandera blanca. Lo han hecho in extremis. El día anterior aún atacaban a los miembros de la compañía del ejército americano que rondaba los alrededores. Los historiadores divergen en el número de miembros de las SS y kapos asesinados a manos de los soldados o las de los ya exprisioneros.

De esta posible venganza no habla Nico Rost en su diario Goethe en Dachau pero sí del nerviosismo que recorre cada una de las estancias del campo de concentración. Rost, como otros, teme a las reacciones de algunos supervivientes. El holandés relaja su escritura por primera vez desde 1944: “Cuando vi a los primeros americanos en el Lager sólo pensé: bueno, pues aquí estáis, por fin, ya era hora, cojones.” A lo largo de la madrugada del 29 al 30 de abril, retomaría la lectura de Egmont. Será la última de sus muchas lecturas desde que empezara a dejar constancia de lo que sucedía en el campo de concentración. El libro finaliza con una nota a las siete de la mañana, probablemente el último apunte registrado por un deportado.

Algo más de doce años antes, el 22 de marzo de 1933, los primeros enemigos del Reich llegaban al campo de concentración de Dachau. Muchos de ellos fueron liberados a las pocas semanas. El régimen nazi todavía se preocupaba por su imagen internacional y trataba de afianzar la idea de que su intención no era otra que la de reeducar a los incivilizados. Esos primeros días los prisioneros no visten de uniforme rayado ni rapan sus cabellos. Los periódicos alemanes hacen gala de las buenas condiciones de vida en aquellas instalaciones construidas a partir de una antigua fábrica de pólvora tratando de sacar el máximo partido a su inauguración.

Pero la realidad es tozuda y donde buena parte de los alemanes ven un sistema aceptable de encarcelamiento, los opositores políticos contemplan a sus compañeros sometidos a trabajos inhumanos.

Los primeros prisioneros recuperan su libertad y apenas se atreven a susurrar lo que allí ocurre. Tendrían que pasar dos meses hasta que Hans Beimler, confinado durante un mes en el búnker de castigo del campo de concentración de Dachau, escapara el día antes de su fusilamiento y escribiera un libro que pronto recorrería Europa (trad. Núria Molines Galarza). Era la primera publicación que describía de manera pormenorizada los métodos de tortura utilizados por las SS.

Dachau fue remodelado en varias ocasiones. Así era una celda del búnker en 1945.
Esquema de las dimensiones de una celda del búnker de Dachau con las instrucciones para suicidarse. Práctica alentada a los presos por los SS como recuerda Beimler.

Por el camino del tiempo entre 1933 y 1945, miles de personas fueron numeradas, vejadas, sometidas y asesinadas por acción y omisión. Una de esas personas fue el escritor Emil Alphons Rheinhardt que pereció víctima de una de las varias plagas de tifus que asolaron el campo. Su testimonio (trad.: Vicente Abella Aranda) es el de la mayoría, el del agotamiento, el pesar, la convivencia forzada, el miedo y la rutina. Es el testimonio de quien arrastra años de prisión por varias cárceles francesas. También el del intento de no sucumbir pese a saberse abatido.


¿Quieres leer cómo fueron esos días para Nico Rost?


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2 comentarios sobre “75 años de la liberación de Dachau

  1. Muy buen artículo,he tardado tanto en escribir porque me ha pillado por sorpresa la reapertura del blog.
    Buena suerte.

    1. ¡Muchas gracias,Ángel! Me he propuesto publicar una entrada, como mínimo, al mes. A ver si cumplo con vosotros y conmigo. Un abrazo fuerte desde aquí.

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